Un tópico que nos perjudica

¿Podemos evitar padecer el odioso “Síndrome del Nido Vacío”?

A medida que nuestros hijos se van haciendo mayores y aún antes de que se marchen de casa, es muy común que la personas que nos rodean nos empiecen a poner en guardia para lo que parece obligatorio sentir cuando sean realmente independientes y dejen de vivir con nosotros. De esta forma nos comenzamos a preparar para sufrir el Síndrome del Nido Vacío.


Sin apenas darnos cuenta, comenzamos a considerar como algo natural el entrar en un estado de melancolía y tristeza cuando finalmente nos quedamos solos y a veces suele ir acompañado del sentimiento de que empieza un cierto declive. Lo peor de todo es que, en muchos casos, el síndrome del nido vacío sirve para justificar patrones de conducta equivocados.

Es curioso que nuestros hijos no sufran el síndrome de “el pollo que abandona el nido” y no lo hacen porque no existe, ya que la persona que se marcha tiene un proyecto personal que empieza a desarrollar en ese momento. Y esto no quiere decir que no nos quieran.

Todos los cambios exigen un proceso de adaptación y es natural pensar que, tanto el hijo que se marcha como los padres que se quedan, tendrán que habituarse a la nueva situación pero esto no justifica que ninguna de la partes lo viva como una pérdida y tenga que pasar por un proceso de duelo.

Cuando la ausencia de inquietudes y objetivos de carácter personal nos ha llevado a convertir la educación de nuestros hijos en el único hecho que da sentido a nuestra vida es cuando padecemos el síndrome del nido vacío con toda su intensidad y cuando nos vemos obligados a reinventarnos, a pensar en nosotros mismos y a recordar lo que no deberíamos de haber olvidado: que tenemos una vida y que la responsabilidad de vivirla es sólo nuestra.

Si, podemos evitar padecer el Síndrome del Nido Vacío adelantándonos a la pregunta:

“¿Y ahora qué…?”

…que surge cuando nuestros hijos dejan de vivir con nosotros.

El desarrollo personal pasa por diferentes etapas y afecta a distintas áreas, una de ellas es la de ser padres, algo que no perdemos porque nuestros hijos vuelen.

Considerar natural el crecimiento y desarrollo de nuestros hijos y antinatural el nuestro es una equivocación con consecuencias negativas para nosotros mismos y, en la mayoría de los casos, para nuestros propios hijos sobre quienes ejercemos presión al trasladarles la idea de que nuestra vida ha perdido una buena parte del sentido que tenía.


La Segunda Edad, que suele coincidir con el síndrome del nido vacío, representa una gran oportunidad a nivel personal.

Con respecto a nuestros hijos, debemos celebrar su independencia, eje sobre el que ha girado toda nuestra labor educativa.

Con respecto a nosotros mismos, la descarga de responsabilidad, la posibilidad de tener más tiempo libre y, en ocasiones, el hecho de que mejora nuestra economía  (ahora son ellos quienes se pagan sus gastos) hace de este momento la oportunidad de descubrir habilidades y planificar nuestro propio desarrollo.  Sólo hay que sobreponerse un poco en el caso de que el síndrome del nido vacío nos haya afectado, y ponerse manos a la obra en la búsqueda de la alternativa que más se adapte a nuestros gustos y circunstancias.


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